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NOTICIAS DEL DÍA        

Entrevista con el etnomusicólogo y compositor oaxaqueño

RUBÉN LUENGAS COMPONE MÚSICA PARA CIRCO CAMPESINO DE LA MIXTECA CON APOYO DEL FONCA

Sonia Sierra

 Para Rubén Luengas el juego de la pelota mixteca es como la música que suena en esa región. Dominar cualquiera de los dos es un arte. Ambos se ejecutan con una buena dosis de improvisación; uno se practica en un campo llamado el pasajuego, el otro adquiere su máxima dimensión a través del pasatono, una forma de hacer música en la que caben los adornos, piquetes y floreos de cuerdas.

La dedicación de Luengas a la música tradicional es doble: investiga y escribe; como etnomusicólogo o compositor, los sonidos mixtecos acompañan todo lo que hace.

Lo paradójico es que descubrió la música de su tierra en la ciudad de México, donde llegó a vivir desde pequeño. Y todavía hoy, a los 26 años, Rubén Luengas se ve como un producto de la migración; alguien no muy diferente de los oriundos de Oaxaca.

Además de ser maestro de la Escuela Nacional de Danza Folklórica y de tener un grupo que, precisamente, tiene por nombre Pasatono, Luengas prepara una serie de composiciones que ha llamado Yaa Maroma, las cuales integran la propuesta con la cual fue seleccionado en la convocatoria Músicos Tradicionales del Fonca.

"No sabía qué se tocaba en mi pueblo"

La puerta de la música tradicional se abrió para Luengas al ingresar a la Escuela Nacional de Música, a la cual llegó con la idea de estudiar guitarra, pero acabó en Etnomusicología. Fue ahí donde vivió lo que él llama "un descubrimiento de mi pueblo".

Había estudiado guitarra en la secundaria, creado el grupo de rock, La Canícula, participado en una mesa de concheros, pero no se quedó ahí. Luengas recuerda aquellos tiempos: "no tocaba nada tradicional, ni sabía que se tocaba en mi pueblo; sólo sabía que en la fiesta local, el cuarto viernes de cuaresma, tocaba una banda. Al estudiar etnomusicología descubrí los géneros de allá, los instrumentos que hoy no suenan y a los músicos que ya tampoco tocan de manera activa".

Comenzó por el violín: "mi abuela me hablaba de él y del bajo quinto que se tocaba en el monte". El bajo quinto lo aprendió en la Escuela, con la ayuda de Guillermo Contreras. Dice Rubén Luengas: "en la comunidad ya no queda casi nadie que lo toque y fue el instrumento más característico de la música regional, es un tipo de guitarra grande con diez cuerdas dobles que se toca con púa o espiga y tiene una amplia sonoridad".

La historia del bajo quinto parece resumir la de otros instrumentos, algunos géneros y tradiciones alrededor de la música que se extinguieron o están a punto de desaparecer, y que Rubén Luengas intenta recuperar.

Una de esas costumbres vernáculas de la mixteca fue la laudería. En el pueblo de Coicoyán (cercano a Tezoatlán de Segura y Luna, tierra de Luengas), desde finales del siglo XIX a mediados del XX los lauderos establecieron redes de circulación y venta de instrumentos.

Luengas lo relata: "cuando dejaban de trabajar intensamente en el campo, construían instrumentos para las ferias de la cuaresma que son las fiestas más importantes en los pueblos mixtecos. En las peregrinaciones a los santuarios, la gente compraba carne y chile costeños, sillas y petates, y también sus instrumentos: violines, jaranas, mandolinas, guitarras sextas, banjos y su bajo quinto".

Pero esa cadena se rompió. Los lauderos dejaron de producir, los músicos ya no compraron. Y es que con las carreteras y los medios de comunicación entraron nuevas modas, las orquestas se transformaron y aparecieron algunos híbridos.

Entonces, años sesenta, Luengas dice que ya figuraban en su tierra los dj´s mixtecos: "como los músicos empiezan a dejar de tocar en esos espacios, el tornamesa, la bocina y la mezcladora se impusieron. Había sonideros, una especie de dj´s mixtecos, que sustituyeron a los viejos".

A pesar de que en algunos pueblos indígenas se conservan los grupos de cuerdas, ya no se enseña el bajo quinto, por ejemplo; ahora sólo se aprende a tocar guitarra sexta y violín.

Aunque fue la etnomusicología la que acercó a Luengas a la música mixteca gracias a que conoció una metodología de investigación, Rubén Luengas decidió vivir todo eso en directo, acercarse a los músicos, participar en las fiestas, aprender de los lauderos que sobreviven, oír a los trovadores, tocar con ellos, enseñarles la música que hace y escuchar sus opiniones.

"Con los de allá, lo que hacemos es un trabajo de reactivación musical para sacarlos del olvido a través de fandangos y encuentros. Hasta hace poco siempre me quejaba de lo que no hacían los jóvenes y de pronto la pregunta se me regresó: ‘y yo ¿qué?’ ".

La respuesta fue un grupo surgido en 1998. En éste, Luengas hace música al lado de Edgar Serralde y Patricia García, que también es oaxaqueña; los tres cantan y tocan chilenas, jarabes, sones, marchas, pasos dobles, minuetes, columbianas y corridos.

El grupo está dedicado a la música mixteca y su nombre de Pasatono expresa un concepto musical muy propio de esa región mexicana. Rubén Luengas lo explica así: "el arte de esta música está en los floreos, piquetes y juegos de cuerdas, a todo eso se le conoce como pasatono. Tocamos lo tradicional, pero de manera natural metemos cosas diferentes. Hay mucha imaginación en los arreglos. Aunque las mezclas se vuelven inusuales para un oído acostumbrado a lo tradicional necesitamos romper. Yo estoy convencido de que la música nuestra es diferentes de la occidental, por ejemplo, la triqui carece de armonía, y no por eso deja de sonar natural".

Según Rubén Luengas, el cierre ante lo nuevo no es una posición de los viejos músicos, por el contrario: son más receptivos: "les gusta, les suena raro, pero ellos son verdaderos expertos y saben que esta música no es estática, saben que una chilena no suena igual dos veces, porque hay todo un sentido de improvisación y cada músico la interpreta con su estilo propio".

Experiencias como la del grupo Quinto Sol, de Estados Unidos, el cual hace música que combina los sonidos de Oaxaca con el hip hop, confirman una idea que Rubén Luengas tiene desde hace rato: "la música tradicional está en proceso de cambio, lo ha estado a lo largo de su historia".

Maromas con la música

Para la convocatoria Músicos Tradicionales del Fonca, Rubén Luengas se propone escribir la música para una maroma o circo tradicional. Él la describe: "la maroma es un circo sin carpa, popular, campesino e indígena de la mixteca. Su representación es un acto colectivo que se desarrolla en la fiesta patronal, llegaba anualmente como los lauderos. Incluye trapecio, barra de equilibrio y otros espectáculos, y a lo largo de la presentación hay una banda que acompaña cada acto de los artistas y los del gracioso o payaso".

Luengas recuerda que las maromas se instalaban en el pasajuego y que los músicos hacían su arte con base en el pasatono. El gracioso intervenía con versos y juegos de acrobacia. "Una banda de maroma era muy capaz, porque el payaso la retaba a seguir sus improvisaciones y aquello se volvía un juego musical muy agradable, pero esa tradición también se ha perdido".

Para desarrollar esta investigación Luengas se ha sentado a conversar con los viejos payasos y evocar la música que hacía la banda. La secuencia que realizará abarca una marcha, un saludo, tres versos, una pieza para el funambulismo, una para el acto de juego de salón, una para la pantomima, una de trapecio y una despedida.

Todas las piezas estarán apoyadas en los instrumentos tradicionales: violín, bajo quinto, tambor, cántaro y platillos. Es una propuesta, insiste Luengas, que "busca el pasado, pero no se quiere quedar ahí, sino ofrecer formas musicales contemporáneas".